En blanco y negro

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Créditos fotografía: Hedi Slimane Diary

Grandes fotógrafos se han convertido en mitos haciendo de su nombre un paso por la historia y un significado en la memoria de muchos que contemplaron su obra. Si amamos o veneramos a un artista será que sentimos algo al verlo, leerlo o escucharlo. Presos de esa sensibilidad tan particular de cada uno. El artista tiene el poder de compartir entre todos una emoción especial que lo hace único. Pintores, fotógrafos, cantantes, han hecho mella en nuestro imaginario porque fueron capaces de transmitir a su manera trozos de una vida o un sueño. Para nosotros, la necesidad de algo ansiado o el descubrimiento real o no de conocer otro mundo, otra gente. Como viajar o descubrir, todo ello va conformando el resultado de nuestra imaginación y las ganas por querer ver y aprender más allá de lo que tenemos en el armario. La belleza de otra vida revelada en un carrete o en un libro. Así es. Nos marcan por el cómo y por el qué, por la forma que tienen de capturar detalles de lo desconocido o de un mundo que conoces visto desde otra perspectiva. Los detalles son capturados en color, en blanco y negro, en digital o en analógico para enviarnos un mensaje entre líneas. Suele ser algo sutil e inteligente que tú leerás debatiéndote entre la metáfora y la realidad, entre la copia que tienes entre manos y el pensamiento de alguien que desde el otro lado del mundo tuvo el privilegio de capturar ese momento. Consiguen desplazarnos a otro tiempo y a otro lugar, y eso es lo que más nos gusta. Una postal bonita o un lienzo que sepa cautivar los ojos del espectador, no hace falta más. El secreto se encuentra guardado en el poder del objetivo, donde el significado se vuelve infinito y no se puede llegar a tocar.

L.

El otro lado de la cama

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Créditos fotografía: Hedi Slimane Diary

Llené cajas con recuerdos de lo que nos prometimos y las hice a un lado. Tiré las pruebas de toda una vida. Las fotografías dejaron de tener significado, los viajes ya no serían sitios a los que querría volver, las listas de regalos ya no tenían importancia igual que los cumpleaños en la playa o los sueños que compartimos. Hice camino. Dibujé una señal en mi cabeza que estaría ahí para recordarme no pasar. Necesité algo que me dijera que tenía que olvidar, los ánimos hicieron el resto.

Salí corriendo hacia otra dirección y con el tiempo me acosté borrando aquel dibujo que había pintado años atrás. Me distancé de la memoria de tu voz, me tiré de cabeza a lo que sería la aventura de una nueva vida. Compré lápices, un bloc de notas, decoré las paredes y cambié de perfume. Aparté en un cajón lo que algún día podría llegar a enterrar, o no, y escapé de todo lo que me impedía seguir el camino en línea recta. Poco a poco recogí los pedazos y me transformé como animal que se adapta a su nuevo entorno. Hice hueco a nuevas promesas, disfruté de los silencios que yo misma había decidido marcar, abrí la puerta de los rincones donde te veía y brindé por el otro lado de la cama.

L.

De quien tenemos cerca

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Créditos fotografía: Hedi Slimane Diary

Si alguien me diera la fórmula para cambiar el orden de las cosas, seguramente construiría la casa por el tejado, viviría en un lugar cerca del mar desde donde se pudiese dormir escuchando el sonido de las olas, le dedicaría más tiempo a los libros, me daría más baños con burbujas y sonreiría más a la gente que se cruza por la calle. Seguramente soñaría más, sería más amable, dejaría más propinas, desaparecería los meses de verano para volver en invierno y buscaría un trabajo que no fuese por dinero. Me las arreglaría para hacer más locuras, buscaría aventuras en nuevas experiencias de caras conocidas, pagaría cada día la entrada del cine, me callaría más, diría menos, y seguramente trataría de invertir más horas en ayudar a los que más me necesitan.

Me apuntaría a clases de canto y de pintura, estudiaría bellas artes. Amaría más. Me pararía a dar limosna, trataría de enmendar los errores que cometí y volvería a empezar. Si pudiese cambiar el orden de las cosas, hubiera insistido en tener infancia, en pasar más horas jugando en el parque, me hubiera comprado un perro, pastor alemán, hubiera pedido mi lista de buenos deseos y hubiese intentado enamorarme menos y viajar más. Pediría más cariño y más abrazos. Trataría de tener más desayunos en la terraza, intentaría pasar todo el tiempo del mundo con aquellos que me hacen reír. Si hoy me ofrecieran la fórmula para cambiar el orden de las cosas, pediría más bailes improvisados y no tener que decir adiós. Por pedir.

L.

Es lo que es

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Créditos fotografía: Hedi Slimane Diary

Tuve una buena infancia. Llena de ritmos y patrones repetidos.

Vivir se aprende en los libros que dejaste de lado en la estantería, las carreras a las que decides apuntarte, las personas que dejas ir y las que se quedan. No se cuenta en una tarde ni en dos, no sale en el telediario, no es tu canción preferida sino la que decidiste escribir con tu propia letra. Vivir se aprende en los años que vas sumando, en el amor que decides abrazar y el tiempo que te regala cada amanecer. Vivir se aprende en las calles, en una voz amiga, en conversaciones de diario, en fiestas de pijamas, en chocolate con churros, en la hamaca en verano, en caminar por la arena descalzo. Es descubrir y descubrirse.

Vivir es que la gente que quieres cerca te siga dedicando una sonrisa, que las relaciones complicadas se des-compliquen, que puedas volver donde empezaste, que aprendas a pedir perdón y a olvidar. Vivir se aprende de las decisiones que tomas, de cómo eras el día de ayer y de cómo serás mañana. Convivir con fantasmas, caminar entre las sombras, esquivar el miedo, beber copas con amigos. Vivir se aprende en tardes de café, viajes al fin del mundo y miradas que te recuerdan quien eres. Aprender a sortear obstáculos, saber que no puedes cambiar el orden de las cosas, saber sacarte ese as de la manga, y decidir jugar a la ruleta rusa. Despertar en una montaña de algodón de azúcar y volver a empezar.

L.