
Acabo de acabar el libro de Dolly A. y solo tengo ganas de llamarla y darle las gracias por sus palabras. Por este regalo. Me quedo con el alma y el corazón de adulta, con el cuerpo y el físico de los 21. Como ella. Me quedo con que la vida no debe pasar de largo mientras colgamos las sábanas o nos llama nuestra jefa a las nueve de la noche. Me quedo con su canto a la amistad. La vida me ha enseñado que las mejores historias de amor son con tus amigos del alma. Me quedo con que ya no estamos a los 30 y’ para buscar tu alma gemela, con la que tienes cosas en común y príncipes azules. Pero sí un mejor amigo con el que te ríes, compartes, llores, con el que podrías hablar hasta las 3 de la mañana de todo y de nada a la vez. Incluso estar en silencio. Que nunca hay que olvidar que «somos un equipo», al que hay que cuidar por encima de todas las cosas. Que tener 30 y’ no está tan mal, porque realizas y aprendes que toda esa mochila tan cargada que llevas es la que conforma tu mejor versión. Aunque sigas teniendo crisis, te sigas equivocando y sufras a veces lo que tu terapeuta llama «el síndrome de la impostora». Suena hasta romántico. Como dice Dolly, somos humanos, no somos perfectos. Ella teme como yo a la muerte, le gustaría como yo no tener que cumplir años. Vivir en un espacio donde el concepto tiempo no existe. Yo también siento que sufro esa enfermedad, esa parte de no querer aceptar la -jodida- realidad de la vida. Me quedo con una de sus últimas reflexiones del libro: no prescindas bajo ningún concepto de la pasión en una relación. Me quedo cuando dice: en nuestro interior, todos tenemos diecisiete años y los labios rojos. Al parecer, era algo que había dicho alguna vez Laurence Olivier. La frase no me puede parecer más acertada. Yo me siento así.
PS. #Todoloquesésobreelamor, me parece una bonita forma de empezar un libro.
L.













