Dolly Alderton

Acabo de acabar el libro de Dolly A. y solo tengo ganas de llamarla y darle las gracias por sus palabras. Por este regalo. Me quedo con el alma y el corazón de adulta, con el cuerpo y el físico de los 21. Como ella. Me quedo con que la vida no debe pasar de largo mientras colgamos las sábanas o nos llama nuestra jefa a las nueve de la noche. Me quedo con su canto a la amistad. La vida me ha enseñado que las mejores historias de amor son con tus amigos del alma. Me quedo con que ya no estamos a los 30 y’ para buscar tu alma gemela, con la que tienes cosas en común y príncipes azules. Pero sí un mejor amigo con el que te ríes, compartes, llores, con el que podrías hablar hasta las 3 de la mañana de todo y de nada a la vez. Incluso estar en silencio. Que nunca hay que olvidar que «somos un equipo», al que hay que cuidar por encima de todas las cosas. Que tener 30 y’ no está tan mal, porque realizas y aprendes que toda esa mochila tan cargada que llevas es la que conforma tu mejor versión. Aunque sigas teniendo crisis, te sigas equivocando y sufras a veces lo que tu terapeuta llama «el síndrome de la impostora». Suena hasta romántico. Como dice Dolly, somos humanos, no somos perfectos. Ella teme como yo a la muerte, le gustaría como yo no tener que cumplir años. Vivir en un espacio donde el concepto tiempo no existe. Yo también siento que sufro esa enfermedad, esa parte de no querer aceptar la -jodida- realidad de la vida. Me quedo con una de sus últimas reflexiones del libro: no prescindas bajo ningún concepto de la pasión en una relación. Me quedo cuando dice: en nuestro interior, todos tenemos diecisiete años y los labios rojos. Al parecer, era algo que había dicho alguna vez Laurence Olivier. La frase no me puede parecer más acertada. Yo me siento así.

PS. #Todoloquesésobreelamor, me parece una bonita forma de empezar un libro.

L.

Andrea

Me sorprendí entre Gladiolas y Crisantemos. Fue la noche de un viernes en la calle Oruro de Madrid, con esas ganas de agarrar una copa de vino y brindar por el fin de semana. Qué nombres tan curiosos tienen las flores, pensé. Parece como un ritual de vida. Olían a verde, a campo, a bosque mojado, a pureza. Gracias a ellas me trasladé por unos minutos a mi remanso de paz en el norte, rodeada de verde, de lluvia y capturada por la autenticidad de un paraje que te cautiva. Aquel ramo que sostenía tenía que tener nombre y apellido, teníamos que bautizarle para el recuerdo. Andrea le pusimos. Pongamos en situación al lector que alguien como yo nunca distinguiría más allá de una rosa, una orquídea o una margarita. Así de perdida voy en materia de Naturaleza. Mi madre me desheredaría. Ella que sueña con sus huertos de higos y limoneros. Entonces me puse a indagar en el significado que tenían aquellas preciosas flores blancas y verdes que tenía entre mis manos, algo tenían que decir. ¿De dónde vienen? ¿Quiénes son? ¿Cuál es su historia? Al parecer, las Gladiolas provienen del campo mejicano, eso decía el bueno de Google. Representan la pureza y la sinceridad en los sentimientos. Cómo iba a saber yo todo aquello. Iba leyendo el abstracto en scroll y pensaba: qué acertado para la ocasión. Y seguí leyendo entre el ruido ensordecedor de la gente, risas, copas de vino, y la mejor compañía. La tradición dice que el Gladiolo es un símbolo de buena suerte y de prosperidad. Justo lo que necesitaba (o más bien lo que necesitamos todos). Luego pasamos a leer sobre el significado del Crisantemo, aquella flor tan viva que parece que te habla a voces como si escondiese algo en su interior. Todavía huele a campo mojado. Todavía la siento conmigo. Al parecer, en Asia, el Crisantemo simboliza la vida y la felicidad. Parecía que estuviésemos leyendo un poema de Benedetti, Palafox o cualquier autor profundo que habla de la vida y los sentimientos. Nos perdimos así en la misma Wikipedia y releía: el Crisantemo promueve la buena salud y una larga vida. Lo de la larga vida me resonó al personaje del Rey León, y pensé, qué mensajes nos enviaba Disney desde pequeños sin saberlo. El momento fue mágico y me me dio que pensar. ¿Es que nos hemos olvidado del romanticismo? Andrea, está ahora en casa, y cuando la veo, no solo me acerco a olerla y sonrío. Me hace compañía y me hace recordar la fantasía del momento. Aquella niña, que se sintió cual princesa rescatada por su príncipe, llegaría a entender más tarde lo valioso de aquel detalle. En esos momentos uno solo puede dar las gracias por estar vivo. No se puede pedir más.

L.

Manuel de Góngora

Hacía un día gris, lluvioso, subía la calle del barrio y me fijé en todos los recuerdos que quería imprimir en mi memoria para acordarme de Ella desde Madrid. Entre voces y caras desconocidas me perdí por los pequeños comercios de la zona. “CHURROS con CHOCOLATE para llevar” Churrería Góngora, decía el letrero. Helados, Pasteles, Café, leía al compás de mis pasos en un gran toldo gris jaspeado que hacía esquina. Frutas y Verduras, La huerta de Pepe. Más adelante, entreví una tiendecita minúscula y repleta de gente haciendo cola. Como diría mi padre: tú fíjate siempre si hay gente en el local, eso quiere decir que es bueno. Y así decía el cartel: Chuchelandia, Buena Pizza, Buen Croissant, Mejor Pan -y al lado, un número de contacto. Qué auténtico sigue siendo esto, pensaba. Aquí la gente sigue llamando para reservar una barra de pan del día, claro que sí. 

No me quería ir. Ahí estaba yo, comiéndome el sandwich que yo misma había preparado minutos antes viendo despedirse a familiares, parejas de enamorados y solitarios que esperaban la llamada de salida en la estación. No pude contener las lágrimas al pensar: ¿por qué esto no puede ser eterno? Y entre los transeúntes, el bullucio de la gente y los gritos de los niños, seguí dándole a mis pensamientos. Aquella mirada de amor, aquella sonrisa querida, aquella voz risueña, aquellos abrazos, aquella ilusión por vivir. Aquella nana. “Mi niña Lola, mi niña Lola, mientras tengas a tu abuela no estas en el mundo sola” que me cantaba de pequeña al dormirme. Yo quiero todo eso. Siempre. No puedo imaginármelo de otra forma. Me preguntaba qué habría hecho mal o qué estaría haciendo mal para estar allí con mis lágrimas agarrando un sandwich delante de un autobús pensando en todo esto a mis 36 años. El discurso es fácil: nadie estamos preparados para la muerte, pero yo a eso respondo: y tampoco lo estamos para la vida, ¿no? Vosotros entenderéis que no quiero tener que estar llorando en una estación de autobús por echar de menos a alguien cuando te das cuenta de que esto no será eterno. Que nos preparen para esto en el colegio, Señores. Mucha selectividad, mucha carrera y mucho máster pero, ¿dónde estaban esas clases sobre Vivir que tanto nos hubieran ayudado? Dejo pasar unos minutos a que se me pasa el berrinche, me seco las lágrimas, respiro hondo, miro al cielo y me subo al autobús. No puedo hacer otra cosa. Me consuela pensar que volveré pronto. Por mucho que la gente me hable de algo que llaman “ley de vida”, no logro entenderlo. ¿Qué es eso? ¿Puede alguien explicármelo, por favor? ¿Tengo simplemente que aceptarlo? ¿Cómo se hace? Yo solo quiero tenernos para siempre. ¿Acaso es eso pedir demasiado?

L.

Tejidos de abstracción

Me sumergí entre lienzos de colores, óleos por descubrir, texturas que se presentaban desnudas (otras no tanto), serigrafías famosas, cerámicas de esas que no podrías olvidar nunca, collages para imaginación del espectador, tapices infinitos, tejidos de lino, rafia y algodón – siempre aprendo cosas nuevas. Intenté seguir el libro de notas de cada obra. Cada descripción, cada historia se hacía eco entre técnicas de dibujo sobre papel, espuma de insonorización, objetos inmensos de colores, barras metálicas, silicona, esculturas esbeltas que parecían observar para contarte un secreto. Tenía tiempo. Estaba ensimismada por la colección y por la arquitectura de aquellas salas, inundadas de columnas imponentes. Como un laberinto que te arropa, te acoge y te atrapa. Un lugar del que nunca querrías irte. Metros cuadrados para caminar a tu gusto, bancos para darte a la contemplación. Estaba sola. Pasé a observar cada lienzo, cada nombre de aquellos artistas, pensaba en sus vidas, cómo y qué habrían vivido para llegar a hacer algo así. Quiénes eran. De dónde venían. Estaba emocionada, como una niña cuando elige el sabor de su helado favorito. Me encontré soñando en medio de una galería de arte. Entre pasillos leía: Darío Villalba, Alberto García Alix, Alain Urrutia, José Maldonado, Juan López, Miki Leal, Antoni Tàpies, Leonor Serrano, Eva Loots, Sonia Navarro, Miguel Fructuoso, Elvira Amor, Irma Álvarez-Laviada, Águeda de la Pisa, Man Ray, y muchos más que no tuve tiempo de retener. Viajé de Gijón a Valencia, de Sevilla a Palencia, de Barcelona a Vigo, incluso llegué a Filadelfia. Me recorrí el territorio entre salas de arte, títulos que me sacaban sonrisas como ese “A caballo vamos pal monte” firmado por el mismo Miguel Fructuoso. Parte de la colección de Mariano Yera estaba conmigo y yo con ella. En ese momento, fascinada, me detuvo el título de la obra de Esther Ferrer, Poema de los números primos. Mi memoria conectó con el pasado, con aquel libro que me hicieron leer en la universidad y que tantas veces había leído, La soledad de los números primos. Me paré a mirar la obra y me acordé de los personajes. Recordé cómo lloré en un avión Barcelona-Madrid releyendo esas páginas finales. Los años pasan, aquellos personajes seguirían siendo los mismos, ¿era yo la que había cambiado? Ahora releo esas páginas para ver qué encuentro, buscando respuestas de lo que sentía entonces. Sea lo que sea ya no está. Igual que la vida nos cambia, aquel anhelo también había cambiado. Ahora, mi mirada del mundo es otra, las vivencias nos hacen y re-hacen, con otras perspectivas – quizás de una forma más abstracta, humana y realista. Sí que sigo viéndome reflejada en aquella niña del avión: observadora y apasionada, con las mismas ganas de descubrir y que me remuevan el alma. 

Sonaba Ocie Elliott en mis earpods: Fame. La he bautizado como mi canción de la semana. Entonces, pensé: esto es vida. No necesito nada más.

L.

Vivir sin miedo

«Sin miedo, lo malo se nos va volviendo bueno». Las palabras de Rosana llegaron a quitarme el sueño en la que sería mi última noche antes de la rentrée, la vuelta a la rutina, al va y ven de la ciudad y los abrazos de mi gente. En esa última semana de agosto aprendí que somos invencibles, invencibles en letras mayúsculas, que estamos preparados para todo. ¿Esquivar el camino? Diría que todo lo contrario. Se trata de ser valientes, de pensar: eh, que estamos vivos. Nuestro poder es y será infinito, eso es algo que no se aprende en el colegio. Algo que sí te enseña La Vida. Te enseña que el miedo es un accesorio imprescindible. Con el que juegas, fantaseas, al que te enfrentas, el que te engaña en los peores momentos. Aferrarse a lo que tenemos y a quiénes somos es lo que nos hace libres. Rodearse de los más queridos, buscar esas risas cómplices, y muchas cosas más del corazón. ¿Existen piedras en el camino? Evidentemente, pero hay que pensar que el dicho es solo un cuento inventado, eso es «vivir sin miedo». No hay pociones mágicas, no hay trucos ni brujas que predigan el futuro. Cómo nos enfrentamos a la vida depende solo de nosotros mismos. En esta semana pude sentir el dolor, el sufrimiento, la tristeza, el abatimiento, la rabia, pero también el amor. La resiliencia. La fortaleza. La ternura. La inteligencia. Ese “tu puedes con todo” que nos han enseñado nuestras madres y nuestras abuelas. Ese famoso “tu mira pa’lante”. De quitarse el sombrero, ¿verdad? Ahora, emocionada, puedo decir que echo de menos todo. La montaña rusa, la intensidad diaria, las noches en vela, la unión de una familia, que, por encima de todo, se quiere hasta el infinito y más allá como diría Buzz Lightyear. He vuelto a ser una niña, he vuelto a jugar, a hacer el tonto, a enamorarme de una sonrisa y la voz de una niña de 3 años. 

Ahora pienso cuando dicen: “Cuidarse y respetarse durante todos los días de nuestra vida”. Es tan real y tan auténtico que te puedes cagar de miedo, muchos lo hacen. Porque lo que sigue dice, “en lo bueno y en lo malo”. Nadie sabe lo que pasa en la casa de al lado, pero te preguntas: ¿se perdió el amor? ¿dónde? ¿cuándo? ¿qué día? ¿a qué hora? Si buscas en lo más profundo de tu corazón, encontrarás sentimientos dentro de una lavadora, como si se estuvieran centrifugando a fuego lento. Si piensas con la cabeza, la razón hará que escribas un diario, que te des a la meditación, que pienses qué es lo que quieres. ¿Acaso alguien tiene tiempo de sentarse a pensarlo – en el bullicio de la vida? Pararse a pensar qué es lo que quieres es la barita mágica, esa que cada uno tiene guardada debajo de la almohada. Lo que te diría cualquiera en estos casos es algo así como que el tiempo lo cura todo. ¿Qué dice entre líbeas el mensaje? Aquí va. No te olvides de que el tiempo es lo más valioso que tenemos. Que lo que te hace feliz a ti, no le hace feliz al vecino del quinto izquierda. Que vida solo hay una. 

Gracias Rosana por escribir lo que para mí es el gran juego de la vida. Emocionante, imprevisible, llena de sueños y una locura maravillosa.

L.

Uno para todos y todos para uno

El título de la obra de Dumas no me pudo parecer más acertado para narrar las aventuras del último capítulo de mi vida. La idea surgió entre risas de Whatsapp con ese “no sabes lo que me estoy acordando de vosotros estos días”. Para mí, nosotros fuimos el trío Tra La La, pero también fuimos “Los 3 Mosqueteros”. Intercambiamos sobre la vida, las vivencias, las experiencias, la infancia, los recuerdos, los viajes, las locuras pasadas, la lucha por los sueños, la eterna ambición por querer más, ver más, conocer más; y, a la vez, simplemente estar. La unión que genera la amistad, el sentimiento de pertenencia, de familia, ese amor incondicional que te envuelve, es el que te hace levantarte por las mañanas ilusionada como lo hacías de niña. Lo que llamamos casa. He vuelto a recordar que la vida te puede dar unos grandes reveses, así, sin más. Como dicen los japoneses, la porcelana se rompe pero se transforma en oro con el paso del tiempo, es capaz de embellecerse con las grietas de su historia. Igual que la porcelana se rompe, nuestro corazón, nuestra alma, nuestra estabilidad se rompen. Lo conocido se vuelve no tan conocido. La soledad se vuelve más amarga. Las noches se hacen más largas. Y esto es la aventura de vivir, señores. He aprendido, que, como en Los 3 Mosqueteros, es la suma de la amistad y la valentía lo que te ayuda a ganar las batallas, dejando espacio para tu propia lucha interna, y también la del grupo. La constante batalla entre el bien y el mal. La vida. Una carrera de fondo como yo lo llamaría. Es en ese amor incondicional, en esas risas, en esa compañía, en ese compartir, en ese ser cada uno tan diferentes, con sus historias, sus miedos, sus ilusiones, donde está la Victoria. Es la pausa, es darle a un botón llamado calma, llamado parar, llamado disfrute, llamado amor, lo que te ayuda a reflexionar. Como en la novela, la vida, la de todos nosotros, siempre será un desafío. Continuo. Y no importa los desafíos a los que tengas que enfrentarte, importa con quien libras esa batalla. Uno para todos y todos para uno. La vida es, y siempre será, una montaña rusa. Un cambio constante. Un juego. Como quien echa una moneda al aire para saber quién empieza la partida de esta tarde. Una partida para la que nadie estamos preparados. Tiene un punto romántico si lo piensas, puede ser una continua sorpresa. Ilusión. Un ininterrumpido descubrimiento. El viaje eterno que cada uno elige cómo quiere vivirlo. Qué metes en el equipaje. Qué peaje estás dispuesto a pagar. A quién te llevas de copiloto. ¿Con destino a? A todas partes y a ninguna. Si alguien me preguntara hoy, podría encontrarme perdiéndome por mis calles preferidas de Madrid, mis cafés, viendo cuadros de Tàpies en el Reina Sofia, visitando a Niemeyer en Avilés, viendo surf, oyendo la risa de mis amigas, la de mi madre, la de mi abuela, o viendo fotos de la payasa de mi hermana; y sentada en mi sofá a mi primera hora con un buen libro. Quién quiere más.

L.

«Nos vamos viendo»

Recuerdo mi entusiasmo al leer las primeras páginas de mi nuevo libro. Fue en un tren Madrid-Barcelona, pensé que era el momento perfecto para centrarme en esa historia que tantas ganas tenía de descubrir. Como siempre, tuve que moverme de sitio varias veces, huyendo del ruido y de la gente y acabé en un rincón de un vagón silencioso al lado de la ventana. El calor de aquella familia andaluza y humilde, Paco de niño con su guitarra y la inmersión en esa cultura de artistas me cautivaron desde el principio. Solo podía pensar en lo apasionante que había sido su vida pese a la dureza de ese mundo asalvajado y en esa fuerza innata e indescriptible del propio personaje. Humilde, sin pretensiones y con esa convicción que tuvo siempre. Más allá del artista que llevaba dentro, fue su carácter quien lo hizo único. Todavía resuenan en mí esas primeras páginas de un Algeciras para mí desconocido. Gracias a César Suarez conocí la personalidad de alguien al que siempre había admirado por sus canciones pero desconocía la faceta de genio así como desconocía su vida que encontré fascinante. Supongo que lo que más me emocionó fue su personalidad en la que me sentí reflejada, esa angustia que sentimos los que estamos hechos de esa clase de pasta. Complejo, solitario, sensible, perfeccionista. Como narra Suarez y como he podido comprobar más tarde en entrevistas, Paco fue una persona corriente, alejado de las cámaras, alguien sencillo y humano hasta el último día. Siempre rodeado de su familia, de sus amigos y de gente que le quería y admiraba su música. Si su padre desde chiquitito se había prometido diseñar y llevar a cabo un plan para hacer de él el mejor guitarrista del mundo, el talento, la pasión y el trabajo duro hicieron el resto. Me encanta como el mismo Paco explica que, sin su guitarra, no era nada y pensé que él mismo había hecho que pareciese algo fácil convertirse en el número uno. Así era él. Gracias a su trabajo consiguió que el flamenco se reconociese en todo el mundo, «el Mozart del flamenco» como he escuchado estos días.

Nos dejó a sus 66 años y su discografía ha pasado a la historia, recibió incontables premios por el reconomiento a su trayectoria y su música. Pudo tocar con los mejores, los más grandes de la época. Si tuviera que quedarme con algo de estas páginas, me quedaría con sus dos historias de amor porque no todo el mundo es capaz de experimentar unos amores tan especiales. Fue un afortunado. El vínculo con Camarón y cómo se enfrentó a su pérdida, encerrado en su casa sin tocar. Me hizo reflexionar sobre la amistad y la gente a la que queremos que se nos va. Cómo se desploma en los brazos de su esposa Gabriela tras su infarto, cuando 10 minutos antes estaba jugando con sus hijos en la playa. Me hizo pensar en lo efímera que puede llegar a ser la vida, algo para lo que no estoy preparada.

Me quedo con su música, en cómo, pese a no gustarle los escenarios ni las masas, consiguió no solo salir de Algeciras y recorrer el mundo con los más grandes sino hacerlo a su manera, siendo fiel a quien era, que para mí es lo más importante. Aunque para él fuera sufrimiento y soledad, dejó ese legado en la historia del flamenco que solo unos pocos han conseguido.

Me quedo con su carácter bromista y cercano, con sus canciones, que hoy y siempre nos acompañarán. El cante jondo, las soleás y las palmas en aquella plaza de Algeciras donde creció me seguirán emocionando cuando piense en Paco.

Gracias César por compartir.

L.

Para siempre

A veces pienso en ti. Me gusta recordarte. Me pongo las canciones que compartía contigo, las que me acompañaban esos meses que estabas, que fuiste. Me faltas mucho, aunque no lo sepas y aunque no quiera reconocerlo. Te escribo con lágrimas en los ojos. Me siento a imaginar aquel mar que nos mecía en nuestra primera noche juntos y el sonido de las olas. A la distancia pienso lo feliz que me hacia tenerte, tu gran corazón, y el dolor de no querer olvidarte. Te acuerdas cuando me mandabas fotos de la luna y sus colores, cuando pensabas en mí. Me acompañabas. De alguna manera, siempre me sentí comprendida y arropada. Me acuerdo lo mucho que me hacías reír cada vez que escuchaba tu voz y tu pasión por la vida. Quiero pensar que mi corazón sigue contigo aunque me parta en mil pedazos pensarte. A veces viajo al recuerdo de lo que fuiste, tu mar, tu puerto, tus coches, los paseos con tu hermano. Tu amor. Deciste contemplar la vida y compartirla conmigo. Así te recordaré.

L.

Sobre el recuerdo

“Somos lo que recordamos”, la frase de Imma Monsó resonó con tal intensidad en mi cabeza que decidí parar. Le di al botón de pause a lo que fuera que tenía encendido en el televisor, anuncié las buenas noches a quien tenía al otro lado de la línea, cené algo rápido para recuperar la energía del día y volví a leer, Somos lo que recordamos. Así, sentí el torbellino de la emoción que se volvía a apoderar de mí y la necesidad de recordar y recordarte. Busqué en mi memoria aquel restaurante donde pasabas las noches con tu padre, el dibujo de la tiny house frente al mar que algún día construirías, los artículos de viajes que te narré al descubrirme tu amor por Milos y Paxos y alguna entrada más guardada en el historial del móvil. Las imágenes de la Bentley y aquella universidad donde nos colamos y jugamos a ser estudiantes. Reviví Triana, tu carácter afrancesado y las ganas que tenías de compartir conmigo. Me volví a perder por los jardines del Palacio de las Dueñas, aquella frase de Jaime Sabines que tanto me había emocionado, la canción de amor que pusiste en repeat de camino a Bruselas. Como cuando le das a retroceder en una película, deshice todos los fragmentos de la historia donde aparecías. Volví a descubrir Villa Vauban, volví a contemplar a Magritte y volví a sentarme en Cocottes mientras te esperaba a la salida del trabajo. Igual que volví a aquella habitación con vistas, perdida entre libros de arquitectura y materiales de diseño. Ví tus ojos, me paré a ver tu mirada e hice el esfuerzo de sentarme a recordar tu voz. Me pregunto qué estarás haciendo ahora, qué tal te va. Call me by your name apareció de repente, será porque ellos me recuerdan a lo que un día fuimos. En mi caso, sigo esperando esa llamada de despedida. Aunque fuera en silencio como en la película. Cuando caí en la frase de Monsó aquella tarde tuve claro que no podía pasar la página sin más, la ventana a ti se había reabierto y no me importó. Reinterpreté de nuevo el discurso que yo misma me había dado días antes, permítete recordar, es la única manera de hacerlo.

Gracias Maria Fernanda Ampuero por tus inspiradoras palabras.

L.

12.03.23

Todavía conservo tu camisa de rayas que parece llamarme desde el vestidor, en vez de deshacerme de ella, la guardaré como el amuleto de la moneda. Sé que te has ido, que ya no estás, pero el hecho de tenerla entre mis brazos me acerca a ti por un momento. Aún siento tu mirada amiga y llena de amor. La clase de amor que no querrías perder. Pienso en ti con lágrimas en los ojos pero con la emoción, la clase de emoción que nadie entendería. La foto de los dos sigue siendo real aunque no existamos juntos. Un día fuimos. Esta vez voy a permitirme sentirte presente. Crearé un espacio y tiempo para pasar el dolor. Has sido de las mejores cosas. No borraré tus fotos ni los viajes, me acompañaréis allá donde esté. Les haré un lugar en mi memoria. Aunque no lo sepas, me has dado una gran lección de vida. Fuiste más valiente que yo aunque eso significara romperme en pedazos y romperte en pedazos a ti también. Me enseñaste que el amor no lo puede todo. Aun así, la magia de los dos seguirá ahí, en alguna parte. Los recuerdos de aquella habitación donde me enseñabas la vida y los sueños están conmigo. Entre el mar, los libros, la música, el arte, me sigues apareciendo. Me gustaría compartirlo todo contigo y no puedo.

Hoy he pensado que llorar también cura el alma. Así que en eso estoy.

L.

La joie de vivre

La aventura me esperaba en una Sevilla que recordaba señorial y romántica. El cálido acento del sur me recibió como siempre con los brazos abiertos. Estaba emocionada como una chiquilla en su primera salida a la gran ciudad. Rumbo a lo desconocido. Me dejé llevar. Aturdida por la adrenalina. Y atraída por el qué pasará. Por fin podía ponerle nombre a esos sentimientos que se habían apoderado de mí días antes. Ahora podía tocarle, olerle, mirarle. Me encontré totalmente sorprendida. Descolocada. La emoción me había invadido. Mi cara risueña de niña feliz seguía acompañandome. Le tuve conmigo. La foto que había imaginado de nosotros juntos era real. En su mejor versión. Solo podía observar y dejarme llevar. Sus ojos se habían apoderado de mi. Supe desde el principio que iba a echar de menos su olor en mi partida. Su voz, ese acento afrancesado, su risa y esa pasión que tanto me gusta. La manera que tiene de vivir y querer enseñarme. Su amor por mi y mi amor por él hicieron el resto. Nos quisimos a todas horas. Ambos sabíamos que nos habíamos enamorado, no hizo falta decirlo. Necesité poco tiempo para realizar que se convertiría en mi persona favorita. Ahora conservo una de sus monedas de viajes en el bolsillo de mi abrigo en forma de amuleto. Junto a ella, los recuerdos de las primeras miradas, esa complicidad, las risas y el cariño compartido. Sevilla era su ciudad y yo había podido vivirla con él. Los atardeceres en el río. Los paseos en bici. Los abrazos. Los besos y la magia de los dos hicieron el resto. No necesitaba nada más. Su presencia y aquellas vistas imponentes están ahora conmigo. Y no puedo dejar de pensar, vivir es esto.

L.

2023. Reflexiones

Chin chin, lo mejor para nuestro nuevo año. Aunque sabes que no creo mucho en estas cosas, si alguien me preguntara qué le pido a 2023, pensaría que no es a 2023, más bien qué le pido a la vida. Para mí es otro día, una buena excusa para hacer lo que te mantiene vivo y estar más con los pies en la tierra que nunca. En estos días aquí en el sur me siento como si tuviera 8 años de nuevo y fuera esa niña feliz con su helado favorito o estrenando unos zapatos nuevos. Pido más de todo eso. Me he despertado con la emoción desde que llegué. La clase de emoción que experimentas cuando estás lejos, por fin te relajas, huyes del estres, la rutina y la gente que te quiere te abraza – te abraza de verdad. El calor amigo.

Hoy es el día en que nos desean un feliz año, lleno de suerte, salud, amor, y momentos felices. Yo me quedo con que todo eso hay que salir a buscarlo. Por mi parte, seguiré aprendiendo, creciendo, teniendo buenos (y malos días, por qué no) – y reaprendiendo de cada puesta de sol. Brindo por ser más fuertes y más humanos. Más «de verdad» como yo lo llamo.

A este año le pido seguir bien -tranquila- y en paz, pido seguir viviendo de manera apasionada, pido más risas y más de esa niña de 8 años que vive dentro de mí.

Por seguir emocionándome con un atardecer y por seguir viviendo aventuras hasta ahora desconocidas, sea en la otra punta del mundo o desde el salón de mi casa.

L.

Oda a la niñez

Créditos fotografía: Hedi Slimane

A veces fantaseo con que soy una niña de nuevo. ¿Os acordáis de aquellas vacaciones interminables que teníamos en el colegio? Me levantaba de un brinco para encender el televisor y ver Dawson Creek por las mañanas comiendo pan bimbo con Nocilla. Qué bien suena eso. Recuerdo estar enamorada del bueno de Pacey y ver películas con los mayores por las noches. En esos años descubrí cómo podría llegar a llorar con El Paciente Inglés. ¿Acaso ya no quedan Ralph Fiennes en el mundo? No quiero sonar idealista pero yo busco esa clase de amor. Me acuerdo quedar por las tardes con mi mejor amigo para tomar un helado con el dinero que nos dejaban nuestros padres, ir al cine al aire libre en Mojácar. Hablábamos de nuestros sueños, era como si el tiempo se parara. Nadie nos cuenta la importancia de detener ese espacio temporal tan valioso que tenemos en nuestra niñez, aunque tampoco lo hubieramos entendido. Nos perdemos en el bucle de sacar sobresalientes, ir a clases extraescolares de tenis, tocar el piano, aprender tres idiomas y además tener tiempo para salir con nuestros amigos los viernes por la tarde. El niño nunca será consciente de lo valioso que es ese tiempo donde hay cabida para tardes de disfraces, juegos de princesas y bizcochos de limón. Recuerdo tener pataletas de aburrimiento en esos largos veranos, deseosa de volver a clase para estrenar la mochila nueva de Minnie que me había comprado mamá en Disneyland París. Qué privilegiados éramos sin saberlo. Todos aquellos viajes, esos países, esos parajes recorridos, ese mundo que vimos desde el prisma de una niñez que ansiaba convertise en adulto, ya no están. 20 años después, a la distancia, no puedo dejar de pensar, qué ingenua eras, querida. Me hubiera quedado con Nico en Mojácar a vivir en primera línea de mar oyendo las olas, hubiera escuchado sus historias con mayor detenimiento, hubiera visto Dowson Creek en bucle hasta saberme los diálogos de memoria, hubiera hecho más crepes con mi hermana los miércoles cuando teníamos la tarde libre en el Liceo. Hubiera ayudado más a mi madre en vez de hacerle la vida imposible. Y hubiera acompañado a mi padre los domingos a sus exposiciones en vez de ponerme de morros. Nadie te prepara para ser niño (igual que nadie te prepara para ser adulto). Cómo cambia la percepción de las cosas cuando realizas que esto es lo que es. Que el tiempo no vuelve. Aquellos recuerdos los llevamos a cuestas, no desaparecen, van cargados con nosotros en nuestra memoria. ¿Recordáis lo que era flirtear a los 11 años? Ahora lo llamamos algo así como hacer ojitos, por aquel entonces recuerdo estar muerta de miedo y sin dormir por las noches cuando me gustaba un chico. Recuerdo en aquellos veranos el olor a campo mojado del Norte, la leche fresca, las vacas, el estiercol, y cómo, de la mano de mi hermana, jugábamos a hacer el tonto. Entonces creíamos en el ratoncito Pérez y en Papá Noel, íbamos a las fiestas del pueblo en Santander, nos vestíamos de Spice Girls en La Rioja y bailábamos. Bailábamos mucho. Si tuviera que jugar ahora al «Me gusta, no me gusta», me reiría pensando en los personajes de Charlotte y Carrie en medio de Manhattan descartando hombres que pasan enfilados por la calle, adoro esa serie. Pero si me pusiese seria diría que me gusta que me cuenten historias que me hagan emocionarme. Pensar que soy invencible. Verme reflejada en la gente que quiero. Observar. Perderme. Descubrir. Sentirme libre. Compartir. Imaginarme que todo es posible. Tener sueños. Los paréntesis en medio del estrés, de la rutina, del despertador. Me gusta oír ese buenos días y que me despierte el olor a café recién hecho. Un facetime con mi mejor amiga. Que me sorprendan. Rodearme de gente que no dejarías ir. ¿Lo que no me gusta? Huiría del bullicio. Del ruido. De las prisas. La desconfianza. Ese paso del tiempo acelerado en el que vivimos. Enterraría conceptos como la traición, la pérdida y el tener que decir adiós a marchas forzadas. Sentirme vulnerable. Si pudiera tener todo el tiempo del mundo la respuesta sería fácil: viviría más pausadamente, abrazaría más, pasaría más tiempo con mis amigas y con mi familia, y viajaría al Norte sin billete de vuelta. Me centraría en las risas, las tormentas improvisadas en el campo, el sonido del mar por la noche, las pelis hasta caer dormida, un libro que te quite el sueño, vería álbums de fotos, y, seguramente, me daría a escribir la historia de mi vida. Sola o acompañada, qué más da.

L.

Y nada más

SlimanePool

Alguien me dijo una vez que Steve Jobs era capaz de vivir con un colchón y una lámpara en su casa. Nada más. ¿Para qué tendrías una casa vacía? ¿cómo vivirías? Llegados a este punto pensé que quizás era mejor hacerse la reflexión a la inversa, ¿por qué necesitaríamos más si hay personas que viven con menos? Quizás todo se resuma en eso, qué es lo que necesitamos. El Covid habrá conseguido a la fuerza replantear cómo queremos vivir. ¿Es momento de replantearnos prioridades en cuanto a nuestras necesidades vitales? Cómo sería teletrabajar sin una mesa en la que apoyar tu ordenador en tiempos de confinamiento, sin una silla en la que sentarte a leer un libro o tus revistas preferidas, una televisión sin Netflix o un dormitorio sin cuadros que te transportan a otra vida. Si lo pienso, es verdad que un piso puede llegar a ser algo funcional o de paso para muchos, ¿la necesidad viene entonces cuando quieres tener un hogar al que llegar cada día después de un largo día de trabajo? Una bañera en la que poder hundirte para olvidar el móvil o un sofa tamaño XXL en el que acurrucarte al anochecer forman parte del estilo de vida confortable al que aspiramos pero, ¿buscamos algo más? Quizás, más que el sofá o la bañera, tener un piso a tu gusto forme parte de la necesidad de tener un espacio en el que puedas andar en pelotas cuando te dé la gana. Ese lugar donde lloras cuando nadie te ve y donde pasas tus momentos de intimidad. Si lo piensas, al final siempre estará ahí para arroparte en los días buenos y en los malos y resulta el mejor sitio donde resguardarse del ritmo frenético de nuestra vida.

L.

Barcelona

Querida Barcelona, ¿cómo vas, qué tal lo llevas? hace tiempo que no te escucho ni te siento cerca. Las calles no parecen las mismas, no se oye bullicio, ¿qué fue de tu gente? los restaurantes abarrotados, las terrazas al sol, todo es tan diferente ahora que me cuesta reconocerte. Se que piensas volver pero has dejado un enorme vacío y empiezo a extrañarte. Me pregunto que será de ti, ¿serás también consciente de la soledad?

Yo estoy bien. La verdad, echo de menos esas voces amigas del barrio y conversar, supongo que como todos en estos días. En casa no puedo quejarme, creo que seguir con mi rutina de trabajo me ayuda bastante. Estoy aprovechando para cocinar cosas ricas y le dedico mucho tiempo a la música. Por fin voy a empezar Qué vas a hacer el resto de tu vida, siempre admiré mucho a Laura Ferrero. La verdad es que agradezco este momento de parón, poder escucharme y pasar tiempo conmigo. La meditación me está ayudando y sigo soñando más de lo que debería. Una amiga me contó que había hecho una lista de las cosas que haría cuando el estado de alarma se normalice, la verdad es que lo primero que haré será subirme a un tren para abrazar a mi madre. Cada día que pasa el calor humano se hace más necesario, ¿no te pasa?

Cuéntame tu. Pronto el mar, atardeceres y besos. Muchos besos.

Siempre tuya.

L.