
Hacía un día gris, lluvioso, subía la calle del barrio y me fijé en todos los recuerdos que quería imprimir en mi memoria para acordarme de Ella desde Madrid. Entre voces y caras desconocidas me perdí por los pequeños comercios de la zona. “CHURROS con CHOCOLATE para llevar” Churrería Góngora, decía el letrero. Helados, Pasteles, Café, leía al compás de mis pasos en un gran toldo gris jaspeado que hacía esquina. Frutas y Verduras, La huerta de Pepe. Más adelante, entreví una tiendecita minúscula y repleta de gente haciendo cola. Como diría mi padre: tú fíjate siempre si hay gente en el local, eso quiere decir que es bueno. Y así decía el cartel: Chuchelandia, Buena Pizza, Buen Croissant, Mejor Pan -y al lado, un número de contacto. Qué auténtico sigue siendo esto, pensaba. Aquí la gente sigue llamando para reservar una barra de pan del día, claro que sí.
No me quería ir. Ahí estaba yo, comiéndome el sandwich que yo misma había preparado minutos antes viendo despedirse a familiares, parejas de enamorados y solitarios que esperaban la llamada de salida en la estación. No pude contener las lágrimas al pensar: ¿por qué esto no puede ser eterno? Y entre los transeúntes, el bullucio de la gente y los gritos de los niños, seguí dándole a mis pensamientos. Aquella mirada de amor, aquella sonrisa querida, aquella voz risueña, aquellos abrazos, aquella ilusión por vivir. Aquella nana. “Mi niña Lola, mi niña Lola, mientras tengas a tu abuela no estas en el mundo sola” que me cantaba de pequeña al dormirme. Yo quiero todo eso. Siempre. No puedo imaginármelo de otra forma. Me preguntaba qué habría hecho mal o qué estaría haciendo mal para estar allí con mis lágrimas agarrando un sandwich delante de un autobús pensando en todo esto a mis 36 años. El discurso es fácil: nadie estamos preparados para la muerte, pero yo a eso respondo: y tampoco lo estamos para la vida, ¿no? Vosotros entenderéis que no quiero tener que estar llorando en una estación de autobús por echar de menos a alguien cuando te das cuenta de que esto no será eterno. Que nos preparen para esto en el colegio, Señores. Mucha selectividad, mucha carrera y mucho máster pero, ¿dónde estaban esas clases sobre Vivir que tanto nos hubieran ayudado? Dejo pasar unos minutos a que se me pasa el berrinche, me seco las lágrimas, respiro hondo, miro al cielo y me subo al autobús. No puedo hacer otra cosa. Me consuela pensar que volveré pronto. Por mucho que la gente me hable de algo que llaman “ley de vida”, no logro entenderlo. ¿Qué es eso? ¿Puede alguien explicármelo, por favor? ¿Tengo simplemente que aceptarlo? ¿Cómo se hace? Yo solo quiero tenernos para siempre. ¿Acaso es eso pedir demasiado?
L.