
Me sumergí entre lienzos de colores, óleos por descubrir, texturas que se presentaban desnudas (otras no tanto), serigrafías famosas, cerámicas de esas que no podrías olvidar nunca, collages para imaginación del espectador, tapices infinitos, tejidos de lino, rafia y algodón – siempre aprendo cosas nuevas. Intenté seguir el libro de notas de cada obra. Cada descripción, cada historia se hacía eco entre técnicas de dibujo sobre papel, espuma de insonorización, objetos inmensos de colores, barras metálicas, silicona, esculturas esbeltas que parecían observar para contarte un secreto. Tenía tiempo. Estaba ensimismada por la colección y por la arquitectura de aquellas salas, inundadas de columnas imponentes. Como un laberinto que te arropa, te acoge y te atrapa. Un lugar del que nunca querrías irte. Metros cuadrados para caminar a tu gusto, bancos para darte a la contemplación. Estaba sola. Pasé a observar cada lienzo, cada nombre de aquellos artistas, pensaba en sus vidas, cómo y qué habrían vivido para llegar a hacer algo así. Quiénes eran. De dónde venían. Estaba emocionada, como una niña cuando elige el sabor de su helado favorito. Me encontré soñando en medio de una galería de arte. Entre pasillos leía: Darío Villalba, Alberto García Alix, Alain Urrutia, José Maldonado, Juan López, Miki Leal, Antoni Tàpies, Leonor Serrano, Eva Loots, Sonia Navarro, Miguel Fructuoso, Elvira Amor, Irma Álvarez-Laviada, Águeda de la Pisa, Man Ray, y muchos más que no tuve tiempo de retener. Viajé de Gijón a Valencia, de Sevilla a Palencia, de Barcelona a Vigo, incluso llegué a Filadelfia. Me recorrí el territorio entre salas de arte, títulos que me sacaban sonrisas como ese “A caballo vamos pal monte” firmado por el mismo Miguel Fructuoso. Parte de la colección de Mariano Yera estaba conmigo y yo con ella. En ese momento, fascinada, me detuvo el título de la obra de Esther Ferrer, Poema de los números primos. Mi memoria conectó con el pasado, con aquel libro que me hicieron leer en la universidad y que tantas veces había leído, La soledad de los números primos. Me paré a mirar la obra y me acordé de los personajes. Recordé cómo lloré en un avión Barcelona-Madrid releyendo esas páginas finales. Los años pasan, aquellos personajes seguirían siendo los mismos, ¿era yo la que había cambiado? Ahora releo esas páginas para ver qué encuentro, buscando respuestas de lo que sentía entonces. Sea lo que sea ya no está. Igual que la vida nos cambia, aquel anhelo también había cambiado. Ahora, mi mirada del mundo es otra, las vivencias nos hacen y re-hacen, con otras perspectivas – quizás de una forma más abstracta, humana y realista. Sí que sigo viéndome reflejada en aquella niña del avión: observadora y apasionada, con las mismas ganas de descubrir y que me remuevan el alma.
Sonaba Ocie Elliott en mis earpods: Fame. La he bautizado como mi canción de la semana. Entonces, pensé: esto es vida. No necesito nada más.
L.