«Nos vamos viendo»

Recuerdo mi entusiasmo al leer las primeras páginas de mi nuevo libro. Fue en un tren Madrid-Barcelona, pensé que era el momento perfecto para centrarme en esa historia que tantas ganas tenía de descubrir. Como siempre, tuve que moverme de sitio varias veces, huyendo del ruido y de la gente y acabé en un rincón de un vagón silencioso al lado de la ventana. El calor de aquella familia andaluza y humilde, Paco de niño con su guitarra y la inmersión en esa cultura de artistas me cautivaron desde el principio. Solo podía pensar en lo apasionante que había sido su vida pese a la dureza de ese mundo asalvajado y en esa fuerza innata e indescriptible del propio personaje. Humilde, sin pretensiones y con esa convicción que tuvo siempre. Más allá del artista que llevaba dentro, fue su carácter quien lo hizo único. Todavía resuenan en mí esas primeras páginas de un Algeciras para mí desconocido. Gracias a César Suarez conocí la personalidad de alguien al que siempre había admirado por sus canciones pero desconocía la faceta de genio así como desconocía su vida que encontré fascinante. Supongo que lo que más me emocionó fue su personalidad en la que me sentí reflejada, esa angustia que sentimos los que estamos hechos de esa clase de pasta. Complejo, solitario, sensible, perfeccionista. Como narra Suarez y como he podido comprobar más tarde en entrevistas, Paco fue una persona corriente, alejado de las cámaras, alguien sencillo y humano hasta el último día. Siempre rodeado de su familia, de sus amigos y de gente que le quería y admiraba su música. Si su padre desde chiquitito se había prometido diseñar y llevar a cabo un plan para hacer de él el mejor guitarrista del mundo, el talento, la pasión y el trabajo duro hicieron el resto. Me encanta como el mismo Paco explica que, sin su guitarra, no era nada y pensé que él mismo había hecho que pareciese algo fácil convertirse en el número uno. Así era él. Gracias a su trabajo consiguió que el flamenco se reconociese en todo el mundo, «el Mozart del flamenco» como he escuchado estos días.

Nos dejó a sus 66 años y su discografía ha pasado a la historia, recibió incontables premios por el reconomiento a su trayectoria y su música. Pudo tocar con los mejores, los más grandes de la época. Si tuviera que quedarme con algo de estas páginas, me quedaría con sus dos historias de amor porque no todo el mundo es capaz de experimentar unos amores tan especiales. Fue un afortunado. El vínculo con Camarón y cómo se enfrentó a su pérdida, encerrado en su casa sin tocar. Me hizo reflexionar sobre la amistad y la gente a la que queremos que se nos va. Cómo se desploma en los brazos de su esposa Gabriela tras su infarto, cuando 10 minutos antes estaba jugando con sus hijos en la playa. Me hizo pensar en lo efímera que puede llegar a ser la vida, algo para lo que no estoy preparada.

Me quedo con su música, en cómo, pese a no gustarle los escenarios ni las masas, consiguió no solo salir de Algeciras y recorrer el mundo con los más grandes sino hacerlo a su manera, siendo fiel a quien era, que para mí es lo más importante. Aunque para él fuera sufrimiento y soledad, dejó ese legado en la historia del flamenco que solo unos pocos han conseguido.

Me quedo con su carácter bromista y cercano, con sus canciones, que hoy y siempre nos acompañarán. El cante jondo, las soleás y las palmas en aquella plaza de Algeciras donde creció me seguirán emocionando cuando piense en Paco.

Gracias César por compartir.

L.