La joie de vivre

La aventura me esperaba en una Sevilla que recordaba señorial y romántica. El cálido acento del sur me recibió como siempre con los brazos abiertos. Estaba emocionada como una chiquilla en su primera salida a la gran ciudad. Rumbo a lo desconocido. Me dejé llevar. Aturdida por la adrenalina. Y atraída por el qué pasará. Por fin podía ponerle nombre a esos sentimientos que se habían apoderado de mí días antes. Ahora podía tocarle, olerle, mirarle. Me encontré totalmente sorprendida. Descolocada. La emoción me había invadido. Mi cara risueña de niña feliz seguía acompañandome. Le tuve conmigo. La foto que había imaginado de nosotros juntos era real. En su mejor versión. Solo podía observar y dejarme llevar. Sus ojos se habían apoderado de mi. Supe desde el principio que iba a echar de menos su olor en mi partida. Su voz, ese acento afrancesado, su risa y esa pasión que tanto me gusta. La manera que tiene de vivir y querer enseñarme. Su amor por mi y mi amor por él hicieron el resto. Nos quisimos a todas horas. Ambos sabíamos que nos habíamos enamorado, no hizo falta decirlo. Necesité poco tiempo para realizar que se convertiría en mi persona favorita. Ahora conservo una de sus monedas de viajes en el bolsillo de mi abrigo en forma de amuleto. Junto a ella, los recuerdos de las primeras miradas, esa complicidad, las risas y el cariño compartido. Sevilla era su ciudad y yo había podido vivirla con él. Los atardeceres en el río. Los paseos en bici. Los abrazos. Los besos y la magia de los dos hicieron el resto. No necesitaba nada más. Su presencia y aquellas vistas imponentes están ahora conmigo. Y no puedo dejar de pensar, vivir es esto.

L.