Oda a la niñez

Créditos fotografía: Hedi Slimane

A veces fantaseo con que soy una niña de nuevo. ¿Os acordáis de aquellas vacaciones interminables que teníamos en el colegio? Me levantaba de un brinco para encender el televisor y ver Dawson Creek por las mañanas comiendo pan bimbo con Nocilla. Qué bien suena eso. Recuerdo estar enamorada del bueno de Pacey y ver películas con los mayores por las noches. En esos años descubrí cómo podría llegar a llorar con El Paciente Inglés. ¿Acaso ya no quedan Ralph Fiennes en el mundo? No quiero sonar idealista pero yo busco esa clase de amor. Me acuerdo quedar por las tardes con mi mejor amigo para tomar un helado con el dinero que nos dejaban nuestros padres, ir al cine al aire libre en Mojácar. Hablábamos de nuestros sueños, era como si el tiempo se parara. Nadie nos cuenta la importancia de detener ese espacio temporal tan valioso que tenemos en nuestra niñez, aunque tampoco lo hubieramos entendido. Nos perdemos en el bucle de sacar sobresalientes, ir a clases extraescolares de tenis, tocar el piano, aprender tres idiomas y además tener tiempo para salir con nuestros amigos los viernes por la tarde. El niño nunca será consciente de lo valioso que es ese tiempo donde hay cabida para tardes de disfraces, juegos de princesas y bizcochos de limón. Recuerdo tener pataletas de aburrimiento en esos largos veranos, deseosa de volver a clase para estrenar la mochila nueva de Minnie que me había comprado mamá en Disneyland París. Qué privilegiados éramos sin saberlo. Todos aquellos viajes, esos países, esos parajes recorridos, ese mundo que vimos desde el prisma de una niñez que ansiaba convertise en adulto, ya no están. 20 años después, a la distancia, no puedo dejar de pensar, qué ingenua eras, querida. Me hubiera quedado con Nico en Mojácar a vivir en primera línea de mar oyendo las olas, hubiera escuchado sus historias con mayor detenimiento, hubiera visto Dowson Creek en bucle hasta saberme los diálogos de memoria, hubiera hecho más crepes con mi hermana los miércoles cuando teníamos la tarde libre en el Liceo. Hubiera ayudado más a mi madre en vez de hacerle la vida imposible. Y hubiera acompañado a mi padre los domingos a sus exposiciones en vez de ponerme de morros. Nadie te prepara para ser niño (igual que nadie te prepara para ser adulto). Cómo cambia la percepción de las cosas cuando realizas que esto es lo que es. Que el tiempo no vuelve. Aquellos recuerdos los llevamos a cuestas, no desaparecen, van cargados con nosotros en nuestra memoria. ¿Recordáis lo que era flirtear a los 11 años? Ahora lo llamamos algo así como hacer ojitos, por aquel entonces recuerdo estar muerta de miedo y sin dormir por las noches cuando me gustaba un chico. Recuerdo en aquellos veranos el olor a campo mojado del Norte, la leche fresca, las vacas, el estiercol, y cómo, de la mano de mi hermana, jugábamos a hacer el tonto. Entonces creíamos en el ratoncito Pérez y en Papá Noel, íbamos a las fiestas del pueblo en Santander, nos vestíamos de Spice Girls en La Rioja y bailábamos. Bailábamos mucho. Si tuviera que jugar ahora al «Me gusta, no me gusta», me reiría pensando en los personajes de Charlotte y Carrie en medio de Manhattan descartando hombres que pasan enfilados por la calle, adoro esa serie. Pero si me pusiese seria diría que me gusta que me cuenten historias que me hagan emocionarme. Pensar que soy invencible. Verme reflejada en la gente que quiero. Observar. Perderme. Descubrir. Sentirme libre. Compartir. Imaginarme que todo es posible. Tener sueños. Los paréntesis en medio del estrés, de la rutina, del despertador. Me gusta oír ese buenos días y que me despierte el olor a café recién hecho. Un facetime con mi mejor amiga. Que me sorprendan. Rodearme de gente que no dejarías ir. ¿Lo que no me gusta? Huiría del bullicio. Del ruido. De las prisas. La desconfianza. Ese paso del tiempo acelerado en el que vivimos. Enterraría conceptos como la traición, la pérdida y el tener que decir adiós a marchas forzadas. Sentirme vulnerable. Si pudiera tener todo el tiempo del mundo la respuesta sería fácil: viviría más pausadamente, abrazaría más, pasaría más tiempo con mis amigas y con mi familia, y viajaría al Norte sin billete de vuelta. Me centraría en las risas, las tormentas improvisadas en el campo, el sonido del mar por la noche, las pelis hasta caer dormida, un libro que te quite el sueño, vería álbums de fotos, y, seguramente, me daría a escribir la historia de mi vida. Sola o acompañada, qué más da.

L.