
Cogí el tren para huir del ruido ensordecedor de septiembre y el anhelo de unas vacaciones en el Norte. Me estaba haciendo al nuevo barrio, el portero parecía por fin saludarme y los vecinos poco a poco eran más amables. Había dejado atrás el reflejo de un año que atravesó ante mí como el surfista serpentea victorioso una buena ola. Hay que saber parar, me dije. Pese al run run acompasado que no dejaba de oír en mi cabeza, a la distancia pensé que lo había hecho lo mejor posible. Con alguna primera cana, kilos de más y falta de sueño pero la certeza de dejar atrás otro capítulo en el que siento me hago mayor o más fuerte o quizás las dos cosas. Sigo aprendiendo, supongo que como todos y de nuevo, esa sensación de tener que despedirse que tan poco me gusta. Muchas risas y una gran experiencia, de esas que solo unos pocos entenderían.
La aventura vuelve a llegar ahora al centro de la ciudad, el despertador suena más tarde y me descubro entre perdida y encontrándome de nuevo rodeada del abrigo de rostros conocidos, ese Cuídate anda con acento andaluz y besos de gente querida. Desayunos, comidas y la adrenalina de descubrir y conocer. Miradas nuevas se cruzan conmigo, sonrisas, vistas al parque y la emoción de volver a ser, esa. El abrazo entre lo desconocido y lo que se puede convertir en lo que queramos en realidad, nunca se sabe.
El tren me deja en primera línea de mar, me hago paso entre turistas deseosos de tomar el sol y gente del pueblo, los de aquí, me falta tiempo para dejarme caer en la arena. A esta hora están abriendo los puestos del paseo, parejas y solitarios desayunan en el café, veo tostadas recién hechas y siento que el sol me quema a lo lejos. El mar y Ben Howard en repeat me acompañan durante todo el día, no se puede pedir más.
L.