
Tuve que ver a Pietro y Bruno al ritmo de la música de Daniel Norgren, contemplar esos paisajes infinitos y emocionarme con sus montañas para parar a recordarnos. Recordarnos de verdad. Como a cámara lenta reviví ese todo tan especial que compartimos esos años. Mientras la vida nos enseñaba y crecíamos juntas. Fuimos, estuvimos, igual que Pietro y Bruno. Recuerdo ese tirando de la vida que tanto nos unía, esos sueños, ese descubrir curioso y constante que teníamos. Ese nos vemos en 5 minutos en la esquina. Ese subo o bajas. Esas ganas de vernos. Pietro y Bruno narran esa emoción que sentía. La fortaleza, la esperanza y la libertad de vivir, de vivir en mayúsculas. Ellos interpretan a la perfección esa amistad que te ilumina, que te llena el alma, la necesidad de compartir y ese no sentirte solo, tan necesario a veces. Ese para lo bueno y para lo malo que oyes en las bodas. Pietro y Bruno son risas sin descanso, también son llantos y silencios, son abrazos y son la vida. Tuvieron la suerte de encontrarse y conectar y supieron con el tiempo comprenderse, aceptarse y respetarse. Supongo que a todos os sonará el estribillo.
Igual que en la historia de Pietro y Bruno y sus montañas, perdí a mi mejor amiga. Todo eso sigue ahí, en alguna parte. Como en el film, la vida es, la vida sigue y estamos aquí para asegurarnos que no pase de largo. Son esas personas con las que llegas a conectar, esas vivencias, las que te hacen ser. Tu corazón no para ni parará y aunque algunos ya no estén, sabes que, de alguna manera, seguirán contigo.
L.