
Me arrastré como la corriente en busca de libertad y encontré un pequeño tesoro entre las montañas y aquellos lagos azul verdoso con los que viviría para la eternidad. El olor a mojado, a campo y la sonrisa en las mejillas me impulsaban a seguir andando, a no parar. Había bosque que parecía encontrarse con las nubes y aquellos árboles con sabor a verde ceniza que dejamos atrás mientras el cielo te saludaba ante la inmensidad de aquel imponente paisaje. La experiencia de un lugar virgen e infinito había llegado a mi en el mejor momento, una bocanada de aire lejos del ruido y de la gente. Me acerqué a ese lago embalsamado como un regalo a la mirada, las montañas me habían salvado por un momento y yacían en paz, como escuchándome. Recuerdo como los ojos se me iban humedeciendo mientras contemplaba aquel lugar desde el coche, una emoción que se convertiría luego en una postal que guardar en el fondo de algún cajón. El olor a limpio entre colinas, la brisa fresca que corría entre las puertas y aquel amor que vivimos brillaban desde el amanecer. No había vuelta atrás, aquel sitio se había convertido en mi amuleto, una vía de escape temporal. Las montañas parecían hablarme a todas horas, las miraba y las dibujaba en mi mente, veía cómo los árboles se movían con el viento y como salidos de un cuadro, nos sentamos a contemplarlos bajo la calidez del sol y la bruma que dejó caer aquella noche de julio. Con el paso de las horas nos quisimos cada vez más y poco a poco me había vuelto a encontrar, perdida entre lágrimas de recuerdos. De repente me desperté entre sueños, tal vez la necesidad de quedarme me gritaba por dentro y pensé, puedes volver mañana o cuando más lo necesites.
L.