
Llegué despierta y temprano, ajetreada, con las prisas y la poca paciencia de hacer una cola en Caprabo, las ansias de empezar una vida o hacer un alto en el camino, que suena mejor, o no. Me había dejado la muda, las chanclas y el reloj, con total confianza sabía que me aferraba a mi y aquel equipaje de playa que había hecho dormida la noche anterior. La pasta de dientes o el champú siempre se pueden encontrar en el super, a cualquier hora. Sentía la fuerza de alguien que se entrena para subir la cima de una montaña y la firmeza de los que compiten en triatlones. El sentimiento y las ganas de comerte el mundo. Centrarme en el ahora era lo único que parecía importar. El run run de alguien que se había apoderado de mi y que buscaba saltar hacia la siguiente pantalla. Nunca mejor dicho.
Con la cara de niña con la que crecí entre esa playa de Cuéntame, aquella terraza con vistas a lo desconocido y ese característico olor a mar del Sur, me dejé querer. Me envolví de tierra, de agua y el calor del sol. La arena caía bajo mis pies, la orilla me acompañaba durante horas de charla y mis manos se tendían, abiertas al sol. ¿La necesidad de volver? no sabía hasta cuando. Me embarqué con la emoción, sin billete de vuelta a decir adiós. Sin controles ni horarios, alejada de la soledad, los sueños y los recuerdos de lo que un día fui. Me embarqué a estar o no estar, daba igual. Me arropé del calor de una familia que quiere ofrecerte lo mejor, no importa cómo. Me acostumbré a sus sonrisas, el jaleo, el bullicio y el ritmo de la aventura de vivir. Y nada más. Ziggy Alberts sonaba constantemente al ritmo de las olas y me acordé de todos esos años en los que venía a esa playa a celebrar mi cumpleaños. La terraza con vistas. Aquella puesta de sol y los helados de última hora.
Los vecinos siguen saludándote en la escalera, quizás la gente de allí nunca envejece o saben hacerlo de otra manera. Niños, abuelos, padres, caminan, hablan, comen, sin prisa…no importa. El paraíso es para muchos durante todo el año. El cariño de la gente del Sur tiene otro nombre, amigo y amable. La brisa, el va y ven en la orilla, los pareos de colores y todos aquellos que felices como yo habían querido pasar unos días alejados del asfalto. Y si te fijas, a lo lejos, se veían parejas bajando en globo mientras los espetos se hacían sobre la leña de un fuego que parecía no apagarse nunca. El mismo que te avisa cada día a la hora del aperitivo. Mirar la orilla del mar y nada más. De eso se trata. El sabor a pescado fresco te inunda junto a la melodía de aquellas voces amigas que te llaman para despertarte. Suena el móvil pero estas lejos, qué más da.
L.