
Fui a Bali por las playas y volví con toda una vida
Entre sonidos de claxon y torrentes de motos que nos acompañaban por la ventanilla, el frenesí del coche nos adentró en el profundo Sur de la isla. Me dejé llevar. Me dejé llevar como se deja llevar una niña cuando se sujeta a su padre para no caerse. La aventura de lo desconocido no tardó en trasladarme a ese punto entre emoción, adrenalina y un estado de dulce despertar constante, que te invita a observar el paisaje como una película a cámara lenta. A todo color. Empecé a contemplar lo que nos depararía aquel hermoso pueblo Balinés tan noble y humano que ya nos había seducido. Sentí ese olor tan característico de un lugar original y auténtico. El olor a coco, a ofrendas, a humedad, a mar, a bullicio, a comida y también a felicidad. Bajé la ventanilla y me senté a mirar. El color de la piel de los Balineses, sabor tostado, se rendía ante mí. Sus ropas dejadas, su extrema delgadez y sus miradas infinitas se movían con prisa y sin miedo. El aire me rozaba la cara mientras iban apareciendo aquellos majestuosos templos, casitas con tejados en punta, así me gustaba llamarlos. Grabados de dragones, serpientes, elefantes, formaban parte de un Bali atado a sus costumbres religiosas. El jaleo de aquella isla, famosa por sus olas, se abría paso para descubrir lo que sería el principio de un viaje que quedaría grabado en nuestra memoria. En Indonesia encontré la autenticidad de una sonrisa, de una puerta abierta, conocí viajantes de mundo y el vaivén de la gente se apoderó de mi. Aquel ruido frenético y la inmensidad de una vegetación que no duerme, acaban acostándose contigo al anochecer. Un lugar del que nunca querrías irte, me dije.
L.