
“People will walk in and walk out of your life, but the one whose footstep made a long lasting impression is the one you should never allow to walk out.” ― Michael Bassey Johnson
El ritmo improvisado iba marcando los pasos. El sol calentaba el viento gélido de la noche anterior y con él, nos dejamos llevar por La Dichosa entre bonitos trajes de pedrería, flores abotonadas, peinados de siete de la mañana y la emoción de la aventura de vivir. Quien quiere más. Los acordes de jazz se iban escuchando entre voces, carreras de pasillo y memorias de una vida que aguardaban en cada rincón. Me acordé de todos los meses que habían pasado para llevarnos a donde estábamos ahora. La historia de nuestras vidas. Con ella, contuvimos los nervios y las sonrisas se colaron por bambalinas entre pañuelos de algodón, sombras de ojos y algunas lágrimas que guardaríamos para más tarde. Una mano encantada daba el toque final a la estrella del día y en un lugar que no está escrito, el imponente traje aguardaba el momento de ser descubierto.
Más lejos, en una plaza llena de historia, las palomas al viento sacudían sus alas sobre fachadas de piedra y campanadas de celebración. El relato de caras conocidas rebosaba expectante entre abrazos, cariño y ese cuánto tiempo sin vernos, qué guapo estás. Lo que se suele decir en estos casos. Las puertas por fin dieron paso a la emoción y en un abrir y cerrar de ojos había llegado la hora. El hilo de la melodía sinfónica iba acompañando aquella entrada pausada que quedaría enmarcada para el recuerdo y con ella, la imagen de ese vestido blanco –corte princesa griega- que se iba haciendo paso al son de los acordes, los aplausos de los más queridos y palabras de amor pronunciadas a voces. Oímos el sí quiero entre flashes, besos y versos regalados a todos los presentes. El silencio del eco se apoderó de la sala y los Chicos del Coro hicieron su aparición. Ya estaba todo dicho. La luz de aquella magia que nos había invadido a todos seguiría encendida hasta el amanecer.
L.